Bolivia ante la crisis: La urgente transición hacia la seguridad energética - Economy 30-7-26
En el debate público actual, a menudo se confunden los conceptos de "soberanía energética" y "seguridad energética". Mientras que la soberanía suele entenderse como un autoabastecimiento absoluto e irreal, la seguridad energética representa la capacidad real y estratégica de un Estado para garantizar el suministro constante de energía que su economía demanda.
El mito de la soberanía absoluta vs. la realidad de la seguridad
Históricamente, Bolivia ha sido identificada como un país gasífero. Sin embargo, desde inicios de este siglo, la incapacidad de producir diésel en volúmenes suficientes ha quebrado la aspiración de soberanía. No obstante, es imperativo aclarar que, en la economía global, ningún país —incluso grandes productores de petróleo— es absolutamente autosuficiente. La importación es una herramienta estratégica legítima para preservar reservas propias u optimizar costos logísticos regionales. La verdadera métrica del éxito de una nación es la seguridad energética: contar con la logística y las divisas necesarias para que el suministro de combustibles nunca sea un cuello de botella. Países como Chile, con recursos hidrocarburíferos limitados, demuestran que una gestión eficiente de importaciones y logística puede blindar a una economía contra la escasez.
El diagnóstico
Bolivia enfrenta hoy una crisis severa, evidenciada por la discontinuidad en el suministro de combustibles y las largas filas en estaciones de servicio. Este escenario, donde el país importa cerca del 90% del diésel que consume, es el resultado del modelo fracasado de los últimos 20 años, marcado por seis factores críticos:
1. Declive productivo: Políticas energéticas inadecuadas durante las últimas dos décadas han provocado una caída sistemática en las reservas y en la producción de hidrocarburos.
2. Crisis de divisas: La escasez de dólares impide la compra oportuna de combustibles en el mercado internacional.
3. Inestabilidad cambiaria: La falta de certidumbre financiera desarticula el ciclo esencial de importación y comercialización.
4. Logística ineficiente: Dependencia extrema del transporte en cisternas, un modelo lento y costoso frente a las necesidades actuales.
5. Distorsión por subvenciones: El esquema de precios artificialmente bajos no solo incentiva el contrabando hacia países vecinos, sino que desincentiva la inversión en energías renovables.
6. Debilidad institucional: La falta de fiscalización y certificaciones de calidad en la importación de carburantes ha comprometido la eficiencia del parque automotor y la integridad del suministro.
Hacia un nuevo horizonte
La superación de esta crisis no admite soluciones inmediatas ni populistas; requiere un proceso de largo aliento basado en dos pilares fundamentales:
• En hidrocarburos: Es perentorio reactivar la exploración y explotación mediante la captación de capital de riesgo privado. Esto exige una reforma normativa profunda, que devuelva la seguridad jurídica y la confianza al inversor, y un sinceramiento general de los costos.
• En la matriz eléctrica: Bolivia necesita transitar de la dependencia del gas —cuyas reservas se encuentran en franco declive— hacia un modelo diversificado. Es vital implementar un Plan Nacional de Transición Energética que establezca metas claras de inversión, actores y plazos para aprovechar el vasto potencial del país en fuentes renovables: energía hidroeléctrica, solar, eólica, biomasa y geotérmica.
El futuro energético de Bolivia depende de nuestra capacidad para abandonar dogmas, modernizar las instituciones y abrazar una estrategia de seguridad energética integral, eficiente y sostenible.